LECTURA 7a.

 La enseñanza y el aprendizaje correctos

Un buen maestro clarifica sus propias ideas y las refuerza al enseñarlas. En el proceso de
aprendizaje tanto el maestro como el alumno están a la par. Ambos se encuentran en el mismo
nivel de aprendizaje, y a menos que compartan sus lecciones les faltará convicción. Un buen
maestro debe tener fe en las ideas que enseña, pero tiene que satisfacer además otra condición:
debe tener fe en los estudiantes a quienes ofrece sus ideas.

Muchos montan guardia en torno a sus ideas porque quieren conservar sus sistemas de
pensamiento intactos, y aprender significa cambiar. Los que creen estar separados siempre temen
cambiar porque no pueden concebir que los cambios sean un paso hacia adelante en el proceso
de subsanar la separación. Siempre los perciben como un paso hacia una mayor separación,
debido a que la separación fue su primera experiencia de cambio. Crees que si no permites ningún
cambio en tu ego alcanzarás la paz. Esta marcada confusión sólo puede tener lugar si sostienes
que un mismo sistema de pensamiento puede erigirse sobre dos cimientos distintos. Nada puede
llegar al espíritu desde el ego, ni nada puede llegar al ego desde el espíritu. El espíritu no puede ni
reforzar al ego, ni aminorar el conflicto interno de éste. El ego en sí es una contradicción. Tu falso
ser y el Ser de Dios están en oposición. Y lo están con respecto a sus orígenes, rumbos y de-
senlaces. Son fundamentalmente irreconciliables porque el espíritu no puede percibir y el ego no
puede gozar de conocimiento. No están, por lo tanto, en comunicación, ni jamás lo podrán estar.
El ego, sin embargo, puede aprender, aún cuando su hacedor esté desencaminado. Este, no
obstante, no puede hacer que lo que fue infundido con vida sea completamente exánime.

El espíritu no tiene necesidad de que se le enseñe nada, pero el ego sí. El proceso de
aprender se percibe, en última instancia, como algo aterrador porque conduce, no a la destrucción
del ego, sino al abandono de éste a la luz del espíritu. Éste es el cambio que el ego no puede sino
temer, puesto que no comparte mi caridad. La lección que yo tuve que aprender es la misma que
tú tienes que aprender ahora, y puesto que la aprendí, puedo enseñártela. Nunca atacaré a tu ego,
si bien estoy tratando de enseñarte cómo surgió su sistema de pensamiento. Cuando te recuerdo
tu verdadera creación, tu ego no puede por menos que reaccionar con miedo.

Aprender y enseñar son los mayores recursos de que dispones ahora porque te permiten cambiar
de mentalidad y ayudar a otros a hacer lo mismo. Negarte a cambiar de mentalidad no conseguiría
probar que la separación no ocurrió. El soñador que duda de la realidad de su sueño mientras
todavía está soñando no está realmente sanando su mente dividida. Tú sueñas con un ego
separado y crees en el mundo que se basa en él. Todo ello te parece muy real. No puedes
deshacerlo sin cambiar de mentalidad al respecto. Si estás dispuesto a renunciar al papel de guar-
dián de tu sistema de pensamiento y ofrecérmelo a mí, yo lo corregiré con gran delicadeza y te
conduciré de regreso a Dios.

Todo buen maestro espera impartir a sus estudiantes tanto de lo que él mismo ha aprendido que
algún día dejen de necesitarle. Este es el verdadero y único objetivo del maestro. Es imposible
convencer al ego de esto porque va en contra de todas sus leyes. Pero recuerda que las leyes se
promulgan para proteger la continuidad del sistema en que cree el que las promulga. Es natural
que el ego trate de protegerse a sí mismo una vez que lo inventaste, pero no es natural que
desees obedecer sus leyes a menos que tú creas en ellas. El ego no puede tomar esta decisión
debido a la naturaleza de su origen. Pero tú puedes tomarla debido a la naturaleza del tuyo.

Los egos pueden chocar en cualquier situación, pero es imposible que el espíritu choque en
absoluto. Si percibes a un maestro simplemente como "un ego más grande" sentirás miedo, ya
que agrandar un ego es aumentar la ansiedad que produce la separación. Enseñaré contigo y
viviré contigo si estás dispuesto a pensar conmigo, pero mi objetivo será siempre eximirte
finalmente de la necesidad de un maestro. Esto es lo opuesto al objetivo del maestro que se deja
guiar por el ego. A ése sólo le interesa el efecto que su ego pueda tener sobre otros egos, y, por
consiguiente, interpreta la interacción entre ellos como un medio de conservar su propio ego. Yo
no podría dedicarme a enseñar si creyese eso, y tú no serás un maestro dedicado mientras lo
creas. Se me percibe constantemente como un maestro al que hay que exaltar o rechazar, pero yo
no acepto ninguna de esas dos percepciones de mí mismo.

El que enseñes o aprendas no es lo que establece tu valía. Tu valía la estableció Dios.
Mientras sigas oponiéndote a esto, todo lo que hagas te dará miedo, especialmente aquellas
situaciones que tiendan a apoyar la creencia en la superioridad o en la inferioridad. Los maestros
tienen que tener paciencia y repetir las lecciones que enseñan hasta que éstas se aprendan. Yo
estoy dispuesto a hacer eso porque no tengo derecho a fijar los límites de tu aprendizaje por ti.
Una vez más: nada de lo que haces, piensas o deseas es necesario para establecer tu valía. Este
punto no es debatible excepto en fantasías. Tu ego no está nunca en entredicho porque Dios no lo
creó. Tu espíritu no está nunca en entredicho porque Él lo creó. Cualquier confusión al respecto
es ilusoria, y, mientras perdure esa ilusión, no es posible tener dedicación alguna.

El ego trata de explotar todas las situaciones para vanagloriarse, a fin de superar sus propias
dudas. Seguirá lleno de dudas mientras tú sigas creyendo en su existencia. Tú que lo inventaste
no puedes tener confianza en él porque cuando estás en tu mente recta te das cuenta de que no
es real. La única solución cuerda es no tratar de cambiar la realidad -lo cual sería ciertamente
aterrador- sino aceptarla tal como es. Tú formas parte de la realidad, la cual permanece inmutable
más allá del alcance del ego, aunque fácilmente al alcance del espíritu. Cuando sientas miedo,
aquiétate y reconoce que Dios es real, y que tú eres Su Hijo amado en quien Él se complace. No
dejes que tu ego refute esto porque el ego no puede conocer algo que está tan lejos de su alcance
como lo estás tú.

Dios no es el autor del miedo. El autor del miedo eres tú. Has elegido crear en forma
diferente a como crea Él, y, por lo tanto, has hecho posible el que puedas tener miedo. No estás
en paz porque no estás desempeñando tu función. Dios te encomendó una función, muy elevada
que no estás llevando a cabo. Tu ego ha elegido estar atemorizado en vez de llevarla a cabo.
Cuando despiertes te será imposible entender esto porque es literalmente increíble. No creas lo
increíble ahora. Cualquier intento de incrementar su credibilidad es simplemente un intento de
posponer lo inevitable. La palabra "inevitable" le causa terror al ego, pero es motivo de júbilo para
el espíritu. Alcanzar a Dios es inevitable, y tú no puedes eludirlo, de la misma manera en que Él
no te puede eludir a ti.

El ego tiene miedo del gozo del espíritu porque una vez que lo hayas experimentado
dejarás de proteger y de atribuirle valor al miedo. Le atribuyes gran valor ahora porque el miedo es
un testigo de la separación, y tu ego se regocija cuando das testimonio de ella. ¡Repúdialo! No le
escuches ni le ampares. Escucha únicamente a Dios, que es tan incapaz de engañar como lo es el
espíritu que Él creó. Libérate y libera a otros. No les ofrezcas a los demás una imagen de ti mismo
falsa e indigna, ni tampoco aceptes una imagen similar de ellos.

El ego ha construido para ti un hogar mísero e inhóspito porque no puede construir de
ninguna otra manera. No trates de mantener en pie ese hogar ruinoso. En su debilidad radica tu
fuerza. Sólo Dios pudo erigir un hogar digno de Sus creaciones, las cuales han elegido dejarlo
vacío, desahuciándose así a sí mismas. No obstante, Su hogar seguirá en pie eternamente, listo
para cuando decidas entrar a ocuparlo. De esto puedes estar completamente seguro: Dios es tan
incapaz de crear lo perecedero como el ego de fabricar lo eterno.

Desde tu ego no puedes hacer nada para salvarte o para salvar a otros, pero desde tu
espíritu puedes hacer cualquier cosa para salvar a otros o para salvarte a ti mismo. La humildad es
una lección para el ego, no para el espíritu. El espíritu está más allá de la humildad porque
reconoce su esplendor y gustosamente irradia su luz por todas partes. Los mansos heredarán la
tierra porque sus egos son humildes, y esto hace que su percepción sea más fidedigna. El Reino
de los Cielos es el derecho del espíritu, cuya belleza y dignidad están mucho más allá de cualquier
duda, más allá de la percepción, y se alzan para siempre como las señales del Amor de Dios hacia
Sus creaciones, las cuales son absolutamente dignas de Él y sólo de Él. Ninguna otra cosa es lo
suficientemente valiosa como para poder ser una ofrenda para una creación de Dios Mismo.

Yo seré un substituto de tu ego si así lo deseas, pero nunca de tu espíritu. Un padre puede
dejar su hijo al cuidado de un hermano mayor que haya demostrado ser responsable, pero esto no
entraña confusión alguna acerca de quién es el padre. El hermano puede proteger el cuerpo y el
ego del niño, pero eso no lo lleva a creer que él sea el padre. Me puedes confiar tu cuerpo y tu ego
debido únicamente a que eso te permite desentenderte de ellos y me deja mostrarte que no son
importantes. Yo no podría entender lo importantes que son para ti si yo mismo no hubiese estado
tentado de creer en ellos. Aprendamos juntos esta lección para que juntos podamos liberarnos de
tu cuerpo y de tu ego. Necesito maestros dedicados que compartan mi objetivo de sanar a la
mente. El espíritu no tiene ninguna necesidad de que ni tú ni yo lo protejamos. Recuerda lo
siguiente:

En este mundo no hay por qué tener tribulaciones
porque yo he vencido al mundo. "Por eso es por lo
que debes estar animado.




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Un Curso de Milagros, con Nicté Flores, pdf editado por luah.

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